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En numerosos estudios se enfoca la agresividad como una cualidad innata del ser humano que le ha servido para su supervivencia en el inicio de los tiempos y que con el paso de los años, el ser humano lo ha instaurado en el repertorio de sus habilidades.

Sin embargo, la mayoría de los estudios que no consideran la agresividad, como un rasgo innato de la especie humana, catalogan simplista esta afirmación, y que la causa de la agresividad,  se deben más a factores aprendidos, sociales y psicológicos.

La agresividad infantil, encierra una serie de conductas en el niño, como son responder con dureza física, verbal o gestual, a adultos y a sus iguales, que permanece en el tiempo, más allá de períodos concretos, que puedan deberse a determinadas etapas evolutivas o circunstanciales.

Para hablar de agresividad infantil, este comportamiento debe permanecer en el tiempo y en la mayoría de las situaciones; no obstante, no debemos confundirlo con una forma de interactuar del niño en los primeros años de vida, puesto que el lenguaje gestual y gutural, será su único modo de comunicarse con los adultos.

Pero este primer modo de comunicación del niño, tenemos que ir reconduciéndolo y adaptándolo según su etapa evolutiva y no dejar que el niño carezca de pautas de comportamiento por muy pequeños que sean, puesto que a medida que el niño crece, va aprendiendo, que esa forma de comunicarse con nosotros, como son los gritos, tirones de pelo, manotazos etc., han dado resultado durante mucho tiempo, y si durante las siguientes etapas evolutivas del niño no hemos sabido corregirlo, el niño empleará esa estrategia para conseguir sus deseos, aumentando su agresividad y reforzado por con sus nuevas y más potentes capacidades físicas y de comunicación.

Así hemos llegamos a la adolescencia, donde nos encontramos con un comportamiento agresivo más acentuado, pero no podemos analizar esta problemática sin hacer una revisión del tipo de educación que hemos estado inculcado a nuestros hijos y en el contexto social, familiar, educativo, en el que ha crecido.

En resumen, los adolescentes agresivos no han surgido como por generación espontánea, sino que son el fruto de una educación inadecuada en el mejor de los casos.

Tenemos que tener claro que los adultos somos el modelo a seguir de nuestros hijos, y estamos permanentemente, transmitiéndoles valores en el día a día, pensemos en los valores que transmitimos al ceder o no ceder el asiento a una persona mayor en el tren o en el metro, al estar criticando constantemente a los demás, en la situaciones de alta irascibilidad que aflora en nosotros, determinadas situaciones del tráfico, etc.

Hemos llegado a una sociedad donde los valores y los principios morales están a la baja, siendo éstos el primer paso en la educación de nuestros hijos, puesto que antes de nada, deben ser personas y luego serán médicos, abogados, mecánicos, barrenderos, etc., es decir, que con independencia del trabajo que uno desarrolle, todos somos iguales, siendo estos valores y principios los que nos diferencian unos de otros y nos hacen ser mejor personas, lo cual redundará en un elevado grado de excelencia en nuestro trabajo diario.

MODELOS DE AUTORIDAD.

La manera de educar a un niño, influye de manera directa en la respuesta que va elaborando y llega a expresar; de tal modo que tenemos tres modelos de autoridad en el seno familiar.

  1. Modelo Autoritario: Se caracteriza por un elevado nivel de exigencia y una mínima, manifestación de cariño.
  2. Modelo Permisivo: Se caracteriza por un bajo nivel de exigencia y un alto grado de manifestación de cariño, unido en la mayoría de las veces a una ausencia total de control y normas.
  3. Modelo Democrático: Se caracterizan por un adecuado nivel de exigencia y un alto grado de cariño. Se establecen normas y límites de acuerdo con la edad.